LOS ORIGENES DEL CARMELO FEMENINO
Con la venida, desde Tierra Santa, de diversos grupos de carmelitas y su difusión en Europa en el s. XIII, algunas jóvenes se unieron particularmente al Carmelo y se comprometieron con los mismos votos que los hombres a vivir su espiritualidad. Se organizaron en grupos, unas alrededor de los conventos de los frailes mientras otras vivían en casas particulares, pero sin ninguna aprobación de la Iglesia . Quizá la más conocida de estas religiosas sea la beata Juana de Tolosa, nacida en Navarra, a finales del s. XIV, que fue a vivir como anacoreta al lado de la iglesia carmelita de Tolosa y, en honor de la Virgen, se consagró totalmente a Dios, ocupada en la oración y la penitencia.
LA APROBACIÓN DE LA VIDA DE LAS MONJAS
Dos figuras señeras figuran en el comienzo de la organización de los conventos: El beato Juan Soreth y la beata Francisca d’Amboise. El primer nació en 1395 en Caen (Normandía) y murió en 1471. Fue uno de los mejores sacerdotes de la Iglesia en el s. XV. El 1451 fue elegido Prior general de la Orden y durante veinte años peregrinó por toda Europa, para promover la estricta observancia en los conventos. Siempre mantuvo vivo el sentimiento de cambio y renovación de la Iglesia, e hizo todo lo posible para conseguirlo.
Sentía fuertemente la falta del elemento femenino de manera organizada dentro de la Orden, a ejemplo de otras Órdenes. En su año de generalato, aprovecho una serie de circunstancias favorables, y el 10 de mayo de 1452 agregó a la Orden el convento de beatas flamencas, a las que confió la misión de vivir el ideal del Carmelo, «para que la Bienaventurada Madre de Dios fuera venerada por las religiosas, como lo era por los religiosos», y compartir así la espiritualidad en todo su alcance.
Transcurrido un año, a petición de los mismos carmelitas, el Papa Nicolás V daba al Prior General, Juan Soret. La bula «Cum nulla», que aprobaba una situación de hecho y facultaba a los frailes para admitir en la Orden y a la profesión a las jóvenes que lo pidiesen, para poder vivir según la Regla y Constituciones del Carmelo. Era el 7 de Octubre del año 1452.
En los siguientes años, y durante su servicio como Prior General, el beato Juan Soret se tomó un entrañable interés por las monjas de la Orden. A partir de beaterios ya existentes, eran admitidos al Carmelo diferentes grupos de Italia, Alemania, Países Bajos, etc. Se ocupo personalmente de darles también una legislación apropiada y de fundar monasterios en estos países.
En Francia, el santo Prior General continúa su actividad en beneficio de las monjas y en Bretaña encuentra la preciada colaboración de la duquesa Francisca d’Amboise (1427-1485), la cual, a la muerte de su marido, el duque de Bretaña, se hizo carmelita. Vivió y murió santamente después de contribuir en gran medida a orientar la primera espiritualidad de sus hermanas, bajo la dirección de Soret. La bula de Pío II, del 16 de febrero de 1460, daba premiso a la duquesa para fundar un convento de monjas al lado de Vannes, y también daba orientaciones para la vida de las monjas: aceptación de la Regla de la Orden, clausura estricta y obligación de rezar el oficio divino en el coro. De esta manera., los monasterios de monjas se adelantaban un siglo a las leyes que promulgaría el Concilio de Trento y San Pio V, entre los años 1545 y 1563, y se convertían en centros de irradiación espiritual para toda la Orden, casas de oración y de vida de intimidad con Dios.
LA ESPIRITUALIDAD DEL CARMELO
Los rasgos característicos de la espiritualidad del Carmelo, como pueden ser la vida de intimidad con Dios, la plegaria litúrgica y personal y la intercesión por la humanidad, vividas en el claustro en comunión fraterna, son los ideales propuestos en los orígenes de la aprobación de los monasterios de las monjas, y que actualmente continúan en todo su vigor.
Nuestra vida comunitaria tiende a la más profunda unión en la caridad. Bajo el impulso del Espíritu Santo, intentamos tener un solo corazón y una sola alma, como nos propone el modelo de la primitiva comunidad de Jerusalén (Hech. 4,32).
La Madre de Jesús, ejemplo de mujer orante, y el profeta Elías, que contempló el rostro de Dios, son los inspiradores de nuestra vida de oración. El mismo espíritu nos empuja a avanzar por el camino de la fe viva hacia las cumbres de la unión con Dios y purifica nuestro corazón de todo lo que no sea Él. Como hijas de la Iglesia, seguimos el ejemplo de las primeras comunidades cristianas y nuestra Regla, y nos reunimos asiduamente para escuchar la Palabra de Dios, para la fracción del pan o Eucaristía y para la oración, en especial para el rezo de la Liturgia de la Horas.
Nuestra Orden, nacida en el Monte Carmelo, conserva el espíritu eremítico, por eso las carmelitas estamos llamadas a vivir en soledad y en silencio, actitudes necesarias para acoger a Dios y su palabra. Sin embargo, la separación material del mundo, no nos impide una justa solidaridad con él, sino que por la oración y el sacrificio cooperamos espiritualmente en la edificación del mundo, y participamos de forma más universal en los sufrimientos y en las alegrías, los dolores y las esperanzas de la humanidad.